
China, amante de las grandes obras públicas con fines propagandísticos y nacionalistas, ha inaugurado una estatua de 103 metros -la segunda más alta del mundo- que se aleja de la simbología comunista y está dedicada a dos emperadores, como símbolo del giro de Pekín hacia sus viejas tradiciones. China ha decidido dedicar la mayor estatua del país a Huangdi -el Emperador Amarillo- y Yandi, dos reyes legendarios a los que los chinos consideran padres de su civilización.
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